Cualquier vecino sabe que Valladolid es “la ciudad del Pisuerga”, pero durante siglos fue otro río, la Esgueva, el que marcó el día a día, el olor y hasta la salud de los vallisoletanos. Hoy caminamos sobre sus antiguos cauces sin saberlo, cruzando puentes que ya no se ven y calles que, hace no tanto, eran canales y cloacas a cielo abierto.
Una ciudad entre dos ramales
Valladolid nació y creció en el delta que formaba el río Esgueva al encontrarse con el Pisuerga. El río entraba en la ciudad dividido en dos grandes brazos que hoy son calles principales:
- El ramal norte (interior): Entraba por el Prado de la Magdalena, recorría la actual calle Paraíso, pasaba junto a la Antigua y la Catedral, y fluía bajo la calle Platerías hasta San Benito.
- El ramal sur (exterior): Cruzaba lo que hoy es la plaza de Vadillos, la Circular, Dos de Mayo y la plaza Zorrilla, desembocando pasado el entorno de la Rosaleda.
Este mapa hídrico hacía que la ciudad fuera un laberinto de puentes. Por ejemplo, en la actual calle Miguel Íscar se encontraba el antiguo Puente del Rastro, situado muy cerca de la Casa de Cervantes.
El origen de “Pucela” y la crisis sanitaria
Aunque hoy nos guste el nombre, una de las teorías sobre el término Pucela (no la más extendida, pero quizá la más razonable) tiene un origen, relacionado con el río, y poco romántico: “Pozuela”.
En el siglo XIX, los ramales de la Esgueva se habían convertido en cloacas donde se vertía todo tipo de residuos. El estancamiento de las aguas provocaba un olor insoportable y, lo que es peor, las filtraciones en el suelo y los pozos negros convirtieron a Valladolid en un foco de epidemias de cólera. La necesidad de “tapar” el río no nació por estética, sino por pura supervivencia.
El soterramiento que no bastó
A mediados del siglo XIX, con el impulso financiero y gracias a alcaldes como Miguel Íscar, se inició el proyecto de cubrir los ramales. Se levantaron bóvedas de ladrillo, algunas de las cuales aún se conservan vacías bajo el asfalto, para ganar espacio y salubridad.
Sin embargo, aquel soterramiento fue lento, carísimo y no solucionó el problema: la suciedad seguía ahí, solo que escondida unos centímetros bajo el suelo. Además, el riesgo de inundaciones seguía amenazando el centro.
Uhagón: el hombre que sacó el río de casa
La solución definitiva no fue esconder el río, sino sacarlo del centro. El ingeniero Recaredo Uhagón proyectó a finales del XIX el desvío de la Esgueva hacia el cauce artificial que conocemos hoy.
Gracias a su plan, Valladolid tuvo una de las primeras redes modernas de alcantarillado de España. Para los años 30 del siglo XX, los antiguos ramales ya no transportaban agua; se habían secado o rellenado con escombros. A pesar de la leyenda urbana, no hay un río fluyendo bajo la calle Santiago o la calle Paraíso; lo que queda es el recuerdo en el trazado de nuestras calles.
Hoy, la Esgueva ya no es una frontera insalubre, sino un espacio integrado en barrios como La Pilarica, Pajarillos o la zona de facultades. Su historia nos recuerda que, a veces, las soluciones de ciudad más valientes no consisten en tapar los problemas, sino en transformarlos por completo para que los vecinos vuelvan a disfrutar de su entorno.
Este artículo se basa en la versión extendida de la historia del soterramiento de la Esgueva publicada en el foro de Aldea Pucela, que puedes visitar para ampliar más información.
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