Seguramente, mientras vayas avanzando, acabarás pensando en alguien: en tu madre, en tu padre, en tu abuelo, en tu abuela, en algún tío. En alguien que también lo dio todo.

José en su 91 cumpleaños

De dónde viene todo

Mi abuelo nació en 1935, en Tarazona de Guareña , un pequeño pueblo de Salamanca. Un lugar al que siempre que podía volvía, sobre todo en las fiestas de San Miguel. En el fondo, nunca terminó de irse.

Pero esta historia va de cómo alguien llega a Valladolid y se queda para construir una vida. Creció en la posguerra, en una familia de ocho hermanos y otros dos que no llegaron a salir adelante. En casa, gracias a su padre, nunca faltó lo esencial, pero la vida era dura.

Desde muy pequeño tuvo que ayudar en casa. Con 7 u 8 años ya iba al campo a recoger remolacha. En invierno. Con un frío que se le metía en las manos hasta hacerlas sangrar.

Siempre me ha gustado cuando me contaba que un profesor se fijó en él: “Tú eres listo”, le dijo. Y él lo recordaba con una mezcla de orgullo y pena. Porque no hubo tiempo para comprobarlo. O sí. Leía por las noches los libros de texto de sus hijas como si fueran novelas. Mi abuelo ha sido siempre de los que devoran libros y sigue haciéndolo.

Si vas a las piscinas de FASA , es fácil verle con su Kindle en un banco, a la fresca. O en el Campo Grande . Aquellas piscinas eran las verdaderas vacaciones de muchos vallisoletanos; el lugar donde los problemas se quedaban fuera por un rato.

El primer vínculo con Valladolid

En la mili encontró algo más que una etapa obligatoria. Para muchos como él, era casi la única forma de salir del camino que parecía marcado: quedarse en el pueblo, trabajar en el campo y subsistir. Una vida digna, pero que él sentía que no era la suya. La mili fue, de alguna manera, una puerta. La hizo en Automovilismo , donde aprendió a escribir a máquina. Un mando vio su facilidad y le llevó a los despachos. Él mismo se asombraba de lo que era capaz de hacer.

José en la mili

A partir de ahí llegó una oportunidad curiosa: en 1953 , por 300 pesetas, se dedicó a mecanografiar los listados de socios del Real Valladolid. Más de 10.000 nombres. Quién sabe si entre ellos estaba el nombre de algún antepasado de quien hoy está leyendo esto. No lo hacía solo por dinero; lo hacía para valerse por sí mismo y no ser una carga para su padre.

Barcelona: abrirse camino

Antes de asentarse en Valladolid pasó por Barcelona. Al principio le costó; trabajó en una fábrica de neveras donde el sueldo ni le llegaba para pagar a la patrona. Luego pasó a una fábrica de plásticos, donde dobló el sueldo y encontró estabilidad durante tres años.

Hasta que llegó la Olivetti . Mi abuelo siempre dice que allí fue feliz. Era una fábrica diferente, con derechos y respeto por el trabajador. Allí sintió que su trabajo valía y empezó a ayudar a los suyos, trayendo a hermanos y familiares para que encontraran su camino. Nunca ha sido de ir solo.

Incluso entonces, no se quedaba quieto. Por las tardes hacía informes para una agencia de detectives (a veces en clave) o colaboraba con un científico ruso ayudándole con pequeños inventos para detectar la calidad de las telas. Diciendo que sí a todo, aprendiendo sobre la marcha. Multiplicándose.

Valladolid: llegar para quedarse

Luego llegó Valladolid y, con ella, la FASA Renault . Empezó a trabajar allí un 1 de enero de 1966 .

Carnet de "fasero"

Pero llegar no fue fácil. Al principio vivieron en la calle Loza , en una casa donde se les colaban ratas por el techo. Pasaron por la calle Vega hasta que le dieron uno de los pisos del torreón de FASA en la carretera de Madrid . Después vendría la Avenida Segovia y, finalmente, el piso en el que siguen hoy en el Barrio de San Andrés .

Se mudaron cuando nació su hijo, coincidiendo con una de esas huelgas durísimas de Renault en las que no se cobraba. Recuerda esa época con angustia. Con la preocupación constante de no poder pagar la letra del piso. De no llegar. Mi madre me contaba que aún recuerda ver a su madre llorando en la cocina, porque ese mes no había dinero. Pero también eran huelgas de verdad. De las que implicaban sacrificio. De las que dolían en casa. Y gracias a eso, a ese compromiso, se consiguieron muchos de los derechos que hoy damos por hechos. Como si hubieran caído del cielo.

El esfuerzo que no se ve

A las 5:30 de la mañana cogía el autobús en el Bar Miami, en la calle Labradores . Iba a trabajar, volvía a casa para comer y volvía a salir al pluriempleo: un taller de afilado en Delicias, en la calle Alicante . Allí recuperaba piezas estropeadas de la Michelin y, en casa, afilaba cuchillos para quien lo necesitara.

Todo para que sus hijos pudieran estudiar. Y aun así, sacaba tiempo para estudiar él mismo en la antigua Escuela de Maestría (hoy La Merced) para ascender a jefe de equipo. Siempre un paso más.

También construía con sus manos. Con sus ahorros compró una finca en el Pinar de Antequera y él solo picó el pozo, hizo una piscina y levantó la casa. Sin saber de construcción… o, mejor dicho, sabiendo lo que sabía toda su generación. Porque eran capaces de todo: baños, muebles, fontanería, lo que hiciera falta. Como si tuvieran una especie de ciencia infusa que hoy parece haberse perdido. Y a veces me pregunto, desde mi generación:

¿En qué momento dejamos de saber hacer las cosas?

Además, era carpintero y arreglaba lo que nadie sabía solucionar. Incluso se compró una tricotosa y aprendió a hacer trajes de perlé para mi madre y mi tía. Otra forma más de cuidar. Y luego está lo que hizo conmigo. Porque todo lo que no pudo hacer con sus hijos, por estar trabajando, lo hizo conmigo. Me cambiaba los pañales. Me daba el desayuno. Me llevaba de paseo. Me llevaba al colegio y me recogía. Mi abuelo también fue eso: cuidado, presencia y tiempo.

Nunca dejó de empezar

La jubilación no fue fácil. De hecho, fue un golpe. Mi abuelo no quería dejar de trabajar. Era feliz en FASA. Pero le tocó prejubilarse “joven”. A regañadientes. Y lo pasó mal. Porque hay personas que no saben estar quietas. Así que buscó la manera. Compró un local pequeñito en la calle Asunción. Y allí siguió siendo él: arreglando cosas, haciendo muebles, ayudando a amigos y familiares, pero a los 74 años dio otro giro: la informática.

Lo que para muchos era una barrera, para él fue una oportunidad. Se convirtió en profesor voluntario para chavales con discapacidad, abogados jubilados, médicos e inmigrantes. A día de hoy sigue al pie del cañón en el CYL Digital de la calle Enrique IV y en el Pasaje de la Marquesina , enseñando a miles de personas a perder el miedo al ordenador, haciendo lo que siempre ha hecho: intentar ayudar.

Hoy tiene 91 años y una salud de hierro. Camina kilómetros cada día, sigue leyendo y mantiene sus costumbres: un vino en la comida y otro en la cena. “Algo tendrá que ver”, dice con esa media sonrisa de quien ha vivido lo suficiente como para no necesitar que nadie le explique demasiado.

Hace unos días ha renovado el carnet de conducir. Sigue moviéndose por la ciudad que ayudó a construir. Aquí estamos la familia, con el miedo inevitable, pero sabiendo que no somos nadie para decirle que pare a quien no ha parado nunca.

Podríamos contar su vida a través de sus coches: el Gordini, el R14, el Mégane… pero el que resume todo es una Lambretta con sidecar con la que viajaba de Salamanca a Barcelona con mi abuela.

Escribo esto porque estas historias hay que contarlas. Mi abuelo demuestra que nunca es tarde para aportar. La Valladolid que conocemos no se entiende sin esa generación que trabajó en silencio, sin focos. Esta historia es la de muchos padres, madres y abuelos.

Ojalá sepamos estar a la altura de lo que hicieron.