La Justicia ha tumbado la ordenanza municipal al estimar un recurso de la Asociación Liberum por la falta de un proyecto previo válido, lo que ha obligado al Ayuntamiento a suspender de forma cautelar las multas. Sin embargo, reducir esto a una victoria de la “libertad” frente a las restricciones ecologistas es comprar un marco falso.
Lo que los medios tradicionales suelen obviar cuando hablan de tráfico es la tremenda desigualdad espacial y económica que genera nuestro modelo de ciudad. Como ya recordó el Ararteko (Defensor del Pueblo vasco), la Constitución protege la libre circulación de las personas, no el derecho innegociable a meter dos toneladas de chapa motorizada por cualquier calle. Y en Valladolid, la movilidad no se resuelve en los tribunales, sino en la puerta de los colegios, en las paradas de autobús de los barrios periféricos y en un mercado inmobiliario que expulsa a los vecinos.
Los colegios como almacenes de chapa
Hemos normalizado ceder el espacio público más valioso a máquinas que pasan el 95% del tiempo aparcadas. Un coche estacionado ocupa unos 12 metros cuadrados, el equivalente a una habitación en un piso de Pajarillos o Delicias. Sin embargo, la ciudad cede ese espacio gratis o a un precio irrisorio mientras escatima metros a los peatones. El ejemplo más sangrante son los entornos escolares.
En Valladolid hemos convertido espacios dedicados a la infancia en aparcamientos improvisados: desde el parking construido en los antiguos locales juveniles de la calle José María Lacort, hasta la cesión de una parte del patio en colegios como el San José. A esto se suma la pasividad institucional ante el colapso diario de la doble fila. Cada mañana, durante 15 minutos, zonas como la Plaza Santa Cruz junto al Colón, la Avenida Gijón frente a Cristo Rey, Ramón y Cajal con La Enseñanza, el Santuario con La Salle, o entre Segovia y General Shelly con el colegio Virgen Niña, quedan bloqueadas.
Eximir estos trayectos escolares de las restricciones de la ZBE fue un error de salud pública monumental, porque dispara los picos de contaminación justo donde respiran los más pequeños. Pero la presión vecinal funciona: tras años de insistencia, en la calle Huelgas se logró eliminar aparcamiento para ampliar la minúscula acera de acceso al colegio García Lorca, y las familias del Íñigo de Toro también han conquistado mejoras peatonales.
AUVASA no puede ser solo para “movilidad cautiva”
El otro gran punto ciego del debate oficial es creer que la ZBE funcionará solo a base de prohibiciones basadas en unas etiquetas de la DGT profundamente injustas, que permiten circular a un enorme SUV híbrido de lujo mientras vetan al utilitario antiguo de una familia trabajadora. Para que la gente deje el coche, el transporte público debe ser rápido y tener prestigio, no ser visto como el último recurso para quienes no tienen carné.
Sin embargo, la reciente eliminación de carriles exclusivos en Valladolid ya está provocando retrasos en AUVASA. Faltan frecuencias en rutas estructurales como la línea 3 o la 24, y la red sigue dando la espalda a los horarios reales de la ciudad obrera, sin servicio de madrugada para sectores como las trabajadoras de la limpieza. Además, arrastramos agujeros negros de conexión: sigue sin haber enlace directo hacia el sur desde Huerta del Rey, moverse entre La Rubia y el centro de salud de Arturo Eyries es un calvario, y zonas como Pinar de Jalón o el entorno de la biblioteca de San Nicolás siguen mal comunicadas.
Incluso gestos cotidianos son excluyentes. La obligación de levantar la mano para que el bus pare es una barrera real para personas con problemas de visión o movilidad motriz. Ante este escenario, quizá Pucela necesite con urgencia una Asociación de Personas Usuarias del Autobús que plante cara y exija un servicio de excelencia, al margen de los vaivenes políticos del pleno municipal.
Isabel la Católica y el destierro a Arroyo
Mientras el transporte público se resiente, la infraestructura ciclista también sufre retrocesos simbólicos y materiales. El desmantelamiento del carril bici en Isabel la Católica es el mejor ejemplo de este paso atrás: quitarle espacio seguro a la bicicleta para devolvérselo al vehículo privado es remar en contra de cualquier modelo de ciudad europea.
Y de fondo, el gran elefante en la habitación del que nadie habla cuando se discute sobre movilidad: la crisis de la vivienda. De poco sirve diseñar un centro urbano sin humos si los precios del alquiler expulsan a la juventud a los pueblos del alfoz. Es una trampa recurrente.
Esto podría parecer una historia aislada, pero no lo es. Nos lo cuenta una joven vallisoletana que se mudó recientemente a Arroyo de la Encomienda en busca de un alquiler más asumible y se encontró con una realidad compartida por muchas otras personas: sin coche propio, desplazarse a Valladolid se convierte en una aventura imprevisible por las escasas frecuencias del autobús interurbano. Una limitación que termina condicionando el día a día, afectando a la vida social y laboral hasta hacerla inviable y obligar, como en su caso, a regresar a la capital.
Obligar a los vecinos a irse lejos, no darles transporte público de calidad y luego pretender cobrarles o multarles por entrar a su propia ciudad con un coche sin pegatina eco es obligar a las rentas más bajas a pagar dos veces por el mismo problema. El verdadero reto del Ayuntamiento de Valladolid no es cómo redactar un proyecto que sortee sentencias judiciales, sino cómo dejar de diseñar una ciudad donde moverse libremente sea un privilegio de clase.
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