Teatro Lope de Vega en 2008 - Foto Luis Fernández García CC BY-SA 4.0

Para entender cómo hemos llegado a esta desconexión actual en la gestión cultural de Valladolid, conviene hacer un poco de memoria. Hubo un tiempo en el que se trabajó en otra dirección: creo que en la etapa tan ilusionante que va desde 1979 a 1990 se hizo una gran labor conjunta en la ciudad. Hay que recordar de dónde veníamos: hasta el 79 no hubo más que una simple concejalía de festejos, y en fecha tan tardía como 1977 el responsable “de la cosa cultural” apenas contaba con medio millón de pesetas para ferias; el resto dependía de patrocinios o de Alcaldía.

Aquel impulso inicial fue muy fuerte, animado también por un Estatuto de Autonomía que empujó a la ciudad a posicionarse. En aquellos años se asumieron grandes riesgos: la escuela de teatro y música, la orquesta sinfónica, la Muestra Internacional de Teatro, el apoyo a grupos locales, la creación de la Fundación Municipal de Cultura o la construcción de los primeros centros cívicos como el Teatro Canterac en el barrio de Las Delicias. El camino, uniendo el centro y los barrios, quedaba trazado.

Centro Cívico (Teatro) Canterac - Foto Ayuntamiento de Valladolid CC BY-SA 3.0

Sin embargo, con el paso de los años, aquel empuje se fue diluyendo hacia una cierta “normalidad” institucional. A partir de los años noventa se apostó fuerte por el “contenedor” cultural, con hitos como el Patio Herreriano o el heredado Teatro Calderón, pero esa gran inversión contrastó con una paulatina desinversión en la cultura de base . En aquella época se llegó a vivir, por ejemplo, un fuerte choque administrativo con la música emergente y las salas de conciertos.

A partir de 2015 se intentó revertir esa tendencia dotando de más fondos a los programas municipales, acercándose al ocho o diez por ciento del presupuesto (cifras más próximas a las de urbes como Barcelona). Pero el esfuerzo económico chocó con un lastre organizativo que seguimos arrastrando hoy: la falta de coordinación . La cultura “de centralidad” y la “de proximidad” pasaron a depender de concejalías diferentes y, pese al esfuerzo desde áreas como Participación, sumar ambas realidades sigue siendo una asignatura pendiente.

Esa es la herencia con la que llegamos a la actualidad, donde la visión municipal corre el riesgo de estancarse en modelos del siglo pasado: oscilando entre el afán puramente patrimonialista y un modelo centrado únicamente en el gran espectáculo. En el camino, se entra muy poco en revalorizar la “democracia cultural” . Más allá de la vieja idea de que “cada persona es un artista”, el problema en nuestras calles es que estamos dejando la difusión en manos de la inercia del mercado, creando grandes ausencias. Faltan programas pensados específicamente para jóvenes, mayores, población migrante y minorías , así como espacios para los grandes debates de este siglo: ecologismo, feminismo o diversidad.

Más allá del debate de ideas, esta falta de cohesión cristaliza en un problema de gestión pura y dura en el día a día. Hoy podemos ver cómo las sinergias entre los grandes equipamientos de artes escénicas de Valladolid brillan por su ausencia: el Teatro Calderón y el LAVA van cada uno por su lado en cuanto a difusión y centralización de compra de entradas. Un caos organizativo que, con total seguridad, se agravará con la inminente entrada del rehabilitado Lope de Vega en escena.

Laboratorio de las Artes (LAVA) - Foto MiguelAlanCS CC BY-SA 4.0

En muchas ciudades medias de Europa la solución a este problema ya es una realidad a través de la “taquilla única” para todos los acontecimientos culturales, públicos y privados. Un reciente viaje a Bonn y Koblenz (Alemania) me lo confirmó: todo está centralizado en el mismo edificio y la misma plataforma, desde el teatro de la ciudad a la visita al castillo.

A nivel interno, referentes como Barcelona ya integran en una misma área las artes y la participación mediante centros cívicos. La red de centros en Valladolid es mejorable, pero tiene mucha implantación. Un uso conjunto y coordinado de la gestión cultural, con herramientas como una taquilla única que conecte por fin el centro con los barrios , multiplicaría las oportunidades tanto para creadores (aficionados y profesionales) como para el gran público. Ese, y no las guerras culturales partidistas, debería ser el verdadero foco para la ciudad.